Un minuto más o uno menos hubieran marcado la diferencia entre la vida y la muerte, entre el milagro y la tragedia, que habrían roto una familia de Villa Mercedes. Por suerte en el camino de un padre desesperado que salió a la calle en busca de ayuda para su bebé, que convulsionaba, volaba de fiebre y estaba a punto de ahogarse con su propia lenguita, se cruzaron dos policías del Comando Radioeléctrico. El subinspector Maximiliano Alcaraz y el oficial Nicolás Campisay asistieron al pequeño con los primeros auxilios y lo llevaron, casi a la velocidad de la luz, hasta el hospital más, el “Verónica Bailone”, donde terminaron de estabilizarlo. Si esos patrulleros no hubieran aparecido justo a tiempo la historia quizás habría sido otra, muy diferente.
Los padres de la criatura habían notado que desde hacía días él no estaba del todo bien. Había levantado temperatura y fue peor la mañana de este domingo. De todas formas, apoyados en el hecho de que el chiquito por fortuna siempre había sido muy sano, no creyeron que fuera algo grave. Entonces, no se alarmaron, sino que acudieron a un medicamento de venta libre que, por lo general, la gente usa cuando las criaturas tienen cuadros similares.
Sin embargo, pasadas las 17, descubrieron que lo que sufría el niño, de un año y nueve meses, no era algo para tomar a la ligera. Mientras veía televisión junto a su esposa en la cama, el padre se percató de que los labios del pequeño se habían tornado violáceos y los ojos estaban blancos, porque la vista se le había hecho hacia arriba, describió una fuente.
Alarmado se levantó, tomó al nene y, así como estaba, corrió a pedir ayuda afuera. En eso frenó un motociclista. Con palabras que se tropezaban con otras, producto del nerviosismo y la premura, el padre le explicó lo que sucedía y, sin entender lo que ocurría, el conductor de la moto le permitió al vecino subirse al rodado para buscar ayuda.
A una cuadra de allí, en Belgrano y Ayacucho, en una de las esquinas de la plaza Lafinur, se cruzaron con Alcaraz y Campisay, que patrullaron la zona. Los uniformados le pidieron al desesperado hombre que les permitiera llevar al bebé en el móvil policial, mientras le realizaban los primeros auxilios. Pero el vecino no quería despegarse de su hijo y quería ser él quien lo cargase siempre en brazos.
En el camino de unas 10 cuadras que los separaba del hospital «Verónica Bailone», el subinspector y el oficial les dictaron al papá exactamente lo que tenía que hacer para evitar que el pequeño se ahogara con su lengua. El cuadro de convulsiones era muy fuerte.
Apenas llegaron al centro de salud, el personal de guardia lo asistió. Una enfermera lo estabilizó en un instante y después los médicos lo revisaron. Concluyeron que el ataque se debió a una intensa fiebre y, aunque estaba bien y fuera de peligro, lo mantuvieron un rato más en observación.
