Perder su trabajo como miembro de la fuerza policial no sirvió. Cumplir un mes completo de prisión domiciliaria tampoco funcionó como escarmiento. Mucho menos tener sobre sus hombros, al menos, ocho causas penales relacionadas con delitos de violencia de género contra quien fue su esposa y es madre de sus hijos. Nada importó para Diego Jesús Irazoque, que apenas se convirtió nuevamente en un hombre libre, luego de estar preso en su casa de San Luis, se habría dirigido hasta lo de la víctima para hostigarla desde la noche hasta el mediodía del día siguiente y después intentó darse a la fuga, a contramano y realizando todo tipo de maniobras peligrosas, para que sus excompañeros policías no lo detuvieran.
Por todo eso, la fiscalía de San Luis que lo investiga solicitó para él cuatro meses de cárcel y el juez de Garantías Juan Manuel Montiveros Chada le impuso solo tres y ordenó su inmediato traslado al penal.
Además de la prisión preventiva, el hombre sumó nuevas imputaciones por “incumplimiento de una orden judicial en reiteradas oportunidades”, “resistencia a la autoridad” y “amenazas”. Durante la audiencia, las fiscales Delia Bringas y Marisol Boschi recordaron que ya había sido imputado el 6 de agosto por otras desobediencias de órdenes judiciales y que ya, por ese entonces, el proceso judicial en su contra acumulaba ocho expedientes y tenía como presuntas víctimas no solo a su exesposa, sino también a otra mujer con quien había mantenido una breve relación.
La fiscalía contó que el último derrotero de hechos, que le valió a Irazoqui su alojamiento en el Servicio Penitenciario de San Luis, comenzó la noche del lunes, a tan solo dos días de haber cumplimentado los 30 días de prisión domiciliaria impuestos por los delitos anteriores.
Ese día, según la denuncia de la víctima, merodeó varias veces su domicilio. Y fue todavía peor cuando su actual pareja se marchó de la casa. Al ver que el otro hombre se fue, ingresó al inmueble y amenazó de muerte a la mujer. Le advirtió, teniendo a sus dos hijas como testigos, que si no era de su propiedad, no sería de nadie, resaltaron las fiscales.
Esa noche se retiró y volvió en numerosas oportunidades a lo de su ex, violando así la restricción de acercamiento que le impedía arrimársele. Al día siguiente también regresó varias veces al inmueble, tocó el timbre, golpeó las rejas y las rejas, en otro desesperado intento por hablar con quien fue su esposa, reconstruyeron las fiscales.
Todas esas veces, la denunciante llamó a la Policía. Los patrulleros concurrieron en cada ocasión que la damnificada pidió auxilio, pero el imputado siempre se las ingenió para esfumarse del lugar antes de que llegaran sus excamaradas.
Pero toda la presencia policial tampoco lo intimidó. Pues, de acuerdo con la hipótesis fiscal, ante los ojos de su expareja, Irazoque empezó a seguir a la hija de la denunciante. La adolescente se dirigía a la escuela a bordo de una moto perteneciente a un servicio de transporte de aplicación, cuando el exefectivo le seguía el paso detrás.
La denunciante llamó otra vez al 911. Esa vez los patrulleros, que también circulaban en motocicletas, lograron detener al acusado. Fue luego de 15 minutos de persecución en los que el ex miembro de la fuerza hizo de todo para no ser atrapado, maniobras bruscas y hasta circular a contramano en medio del tráfico.
