A. siente que hace seis meses J.S., su propio padre, le quitó a su hija. No literalmente, porque la nena de seis años continúa con ella, pero desde hace medio año la criatura no es la misma. La sonrisa y la alegría que tanto la caracterizaban se apagaron. Ya no comparte con sus compañeros del colegio, sino que se mantiene aislada y no muestra interés por aprender. Tiene estampado en la cara un miedo permanente. Le cuesta conciliar el sueño y, cuando logra dormir, muchas veces la persiguen las pesadillas. No descansa cuando está despierta y tampoco cuando se va a la cama. Su espíritu pareciera muerto. Es así, según contó su madre, desde que su abuelo abusó de ella, cuando veían televisión juntos.
Como si eso fuera poco —se quejó la mujer— la justicia de Villa Mercedes tampoco la ayuda. Es más, siente que, de alguna manera, lejos de proteger a los menores de edad, le deja el camino libre al hombre de 54 años para que un día repita el abuso con otra criatura y esa vez no se limite a un manoseo, como con E., sino que llegue incluso a una violación.
Manifestó ese temor porque, aunque la fiscal instructora Nayla Cabrera Muñoz solicitó este martes la prisión preventiva para su padre la jueza de Garantías 3, Natalia Pereyra Cardini, no hizo lugar al pedido de encarcelamiento. En su lugar confirmó la prohibición de acercamiento que le impusieron en abril, para que se mantuviera alejado de su nieta. Medida que, de todas formas, él nunca habría cumplido.
A. está desesperada. Pidió hablar con FM Latina porque, luego de la reciente audiencia en tribunales, se siente desamparada. Este martes su padre fue imputado por “abuso sexual simple agravado por el vínculo” y eso fue todo, no sucedió lo que tanto espera desde hace meses. “Este hombre incumple la ley porque no obedece la restricción de acercamiento. Y en el juzgado se la pasan pidiendo papeles y papeles, mientras él sigue libre. ¿Por qué lo demoran tanto? ¿Qué esperan que pase?, ¿que suceda un abuso carnal?, ¿que viole a una criatura?”, planteó.
A. es madre, además, de otra nena de tres años y un bebé de seis meses. Los cuatro se mudaron a vivir con J.S., en el barrio Estación, a principios de año. En el domicilio, ubicado en cercanías de la Parroquia San José, en realidad, la mujer y sus hijos no estaban del todo cómodos cuando estaba su padre. “Vivíamos en el sótano”, dijo.
El abuso ocurrió el 7 de abril, aseguró. Supo detectar el momento exacto porque, de un minuto a otro, E. mutó, se convirtió en otra persona. Ese día la nena le preguntó: “¿Mami, puedo ir a ver la tele con el abuelo?”. Y la mujer le respondió que sí.
Al rato, cuando la chiquita volvió de donde estaba con su abuelo, no paraba de llorar, relató la denunciante. “¿Puedo estar con vos?”, le preguntó a su mamá. A. limpiaba y, cuando la vio así, dejó todo. “Al principio ella no me quería decir. Estaba con miedo. Rara”, contó. Solo cuando le habló como si fuera su amiga la pequeña se animó a relatarle, con las inocentes palabras y gesticulaciones de un niño, qué le había pasado.
“Mami…, me tocó acá y acá…”, le dijo E., señalando con una mano, primero, su entrepierna y, después, la cola. Le narró todo eso en medio de un llanto sin freno, refirió la mujer. Una semana más tarde, en la audiencia de Cámara Gesell, la niña relató todo lo que le había hecho su abuelo y añadió que esos manoseos le produjeron dolor.
Desde entonces, E. realiza terapia con una psicóloga, pero no logra mejorar. “Está aterrorizada. Se despierta en la noche, llorando. Todos los que la conocen saben cómo era antes. Le encantaba hablar y siempre sonreía. Ahora está rebelde en la escuela. Se aísla y tiene miedo de compartir con sus compañeros. Él (su padre) me quitó a mi nena”, manifestó con la voz al borde del quiebre.
Apenas le reveló todo, A. fue hasta la Comisaría de Atención a la Niñez, Adolescencia y Familia (CANAF) a denunciar y, desde allí, la derivaron a la Comisaría 9°. En la Justicia, además de la Cámara Gesell, ordenaron la exclusión del hogar de J.S. y una prohibición de acercamiento hacia su nieta por 180 días, precisó la denunciante. Pero ninguna de esas medidas las acató —aseguró— porque el hombre no para de rondar la zona y presentarse en el domicilio.
