Se conocían desde hacía años. Habían creado una relación de confianza sólida, a tal punto que, según denunció uno de ellos, a pesar de haber desembolsado una fortuna sin recibir nada a cambio siguió creyendo en el otro. Fue hasta que vio que eso no era otra cosa que una estafa que se encaminaba a no tener techo y que ya lo había hecho perder millones de pesos y una importante cantidad de dólares. Todo inició con la venta de un vehículo que no concretaron, continuó con la venta de la mitad de un gimnasio y luego de la quinta parte de otro local de ejercicio físico, que no sucedió, y culminó con la compra de otro rodado, que tampoco se completó. En el medio, el denunciante, un comerciante que se dedica al negocio de los vehículos, asegura que no paró de entregarle dinero, del que no volvió a ver ni un centavo, a ese conocido en quien tanto confiaba: el dueño de un importante gimnasio de Villa Mercedes.
Al menos, eso reconstruyó con sus averiguaciones la fiscal instructora 5, Gisela Milstein. Y, este lunes, después de una audiencia en la que expuso peldaño a peldaño el supuesto engaño, imputaron al propietario del gimnasio, le prohibieron salir de la provincia y le ordenaron firmar el libro de imputados en la fiscalía cada 15 días, por los siguientes cuatro meses, en tanto el proceso penal en su contra esté abierto y se encamine al juicio.
La resolución de la jueza de Garantías 3, Natalia Pereyra Cardini, coincidió con lo planteado por la fiscal y no con lo requerido por el abogado de la otra parte, Julio César Fernández Triches. El letrado había apuntado, sin medias tintas, al encarcelamiento preventivo del acusado por tres meses.
El entramado que configura la presunta estafa es largo y complejo, puesto que implica varias etapas, en las que el denunciante entregaba dinero y la otra parte la recibía sin cumplir ninguno de todos los tratos que se crearon entre ellos. Empezó, contó la representante del Ministerio Público Fiscal (MPF), con una primera propuesta comercial que le habría hecho el propietario del gimnasio. El acuerdo consistía en la venta de un vehículo de una tercera persona.
Acordaron un precio de 9 millones de pesos. El denunciante hizo varias entregas, en dólares y pesos, pero cuando el momento de recibir el rodado arribó la operación quedó en la nada porque, según el imputado, el vendedor se había arrepentido. El trato se disolvió y el dinero, al parecer, también. En vez de devolverle todo lo abonado, el ahora acusado le propuso a su conocido la compra del 50 por ciento de uno de sus gimnasios.
Pero para acceder a esa mitad del local, quien se presume víctima tuvo que pagar más dólares. Y, a los pocos días, entregó todavía más. Fue cuando el otro hombre le sugirió ampliar el negocio y le propuso sumar a ese trato un 20 por ciento de otro gimnasio que tiene. El supuesto damnificado aceptó y desembolsó más dólares y cuatro cheques, de 3 millones de pesos cada uno, para reparar «cuestiones edilicias” de los lugares de ejercicio.
Por último y para coronar todo, el ahora imputado se presentó en el comercio de su conocido para comprarle un vehículo. «La venta se acordó mediante un crédito prendario, más la suma de dos pagos de cuatro millones cien mil pesos», relató Milstein. Pero, al igual que los anteriores acuerdos, nada llegó a buen puerto.
La fiscalía narró que cuando el hombre se convenció de todo era una farsa tras otra, le pidió al propietario de los gimnasios que le devolviera todo el dinero que le había entregado. Pero el otro le respondió con que, de ahí en más, hablara con su abogado y cortó la comunicación.
